Ser mujer sin requisitos

Jessica Fernández Garcia, activista feminista. Fuente: Instagram

Hoy quiero hablarles de una foto. En ella, tres mujeres con miradas decididas y vestidas de colores oscuros. De fondo, en contraste con sus pañuelos violetas y sus miradas agresivas, se ve algún lugar perdido de Monterrey. La mujer del centro, una influencer mexicana conocida, sostiene con una mano un cartel blanco con letras negras que reza “Mujeres nuevas en el feminismo: BIENVENIDAS, las estábamos esperando” y con la otra, extiende un pañuelo violeta hacia la cámara.

Tengan presente esa imagen porque eso es un poco de lo que les hablaré en las siguientes líneas. De ese sentido de pertenencia que a veces, nos recorta libertades y nos convierte en parte de una masa que hace pero no piensa. Pues hoy, parece casi anecdótica la efeméride ocurrida un 8 de marzo de 1908 en Nueva York. Hoy, lo que el mundo celebra -o conmemora, dependiendo del punto de vista- es a la mujer. Y pareciera que para ser parte de ese grupo, hay que ser feminista. Pero, ¿Qué significa ser parte del club, después de todo?

Significa aceptar que no se nace mujer, sino que se llega a serlo. Y ese “llegar” puede ser resignar la maternidad porque ese tipo de lazos esclaviza; es coincidir con reclamos como los del aborto, ‘Black Lives Matter’ o el ambientalismo; es vestir de una forma andrógina, indefinida o masculinizante; es aceptar que “las feministas no tenemos tiempo para leer”, como dijo alguna vez Malena Pichot, entre risitas, como si olvidara que lo que primero defendió el feminismo, antes que todo, fue el derecho a la educación. Esas son solo algunos de los requisitos fundamentales y excluyentes para ser miembro. Quien mejor pueda cumplirlos, habrá terminado por resignar completamente su individualidad para convertirse en el empleado del mes o en el mejor activista del feminismo, que hoy en día es casi sinónimo de “ser mujer”.

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Hasta ahí, creo que estamos todos de acuerdo. Pero me parece importante hoy, también ir un poco más allá y hablar de lo que hay “del otro lado”. ¿Qué hay por contrapartida? Me encantaría decir que hay un lugar sin prejuicios, que coincide perfectamente con mi forma de ver el mundo. Pero lamentablemente, el pañuelo violeta no es el único club del cual ser parte; y es probablemente este uno de los daños que más me preocupan y que profundizó el feminismo. Pues, en la esquina contraria del ring, se encuentra otra postura -cada vez más fuerte- que muchas veces se infiltra en quienes piensan como nosotros, convirtiéndolos en víctimas del extremismo. Esa visión consiste en considerar que para ser mujer, hay que ser femenina. ¿No me cree? Piénselo bien, querido lector: ¿Cuántas veces hemos escuchado “feminista no, femenina sí”? Una frase que parece inocente, dicha al pasar, y que cala fuerte solamente porque establece una diferenciación.

Al igual que el feminismo, toma un conflicto, una semilla de Verdad, y la tuerce. ¿Por qué? Pues, en última instancia, siguen validando la premisa horrible de Simone De Beauvoir: que mujer no se nace, sino que se llega a serlo. Esta vez: siendo femenina. Y miren de qué forma tan estúpida funciona el estereotipo o la credencial de miembro VIP que terminamos escuchando cosas como “las provida son las más lindas”, “las de derecha se bañan todos los días, no como las feministas que no lo hacen nunca” y demás frases irrisorias, que nunca serán verdad por completo porque será fácil encontrar una feminista linda y limpia o alguna provida fea, con cierta aversión al jabón, entre otras.

En fin, ¿a qué voy con todo esto? ¿Acaso me he levantado conflictiva hoy, con ganas de mandar todo al diablo y enemistarme con el mundo? En parte, puede ser esa motivación incendiaria pero definitivamente no es lo central. Lo que hoy me motiva es darle un poco más de espacio a eso que significa ser mujer. Imposible de definir, por miedo de dejar a alguien injustamente afuera, pero completamente segura de que esa condición no depende de pensamientos, ideologías, formas de vestir o de actuar. Lo somos, tanto ellas como nosotras. Entonces, si esto es así, ¿por qué no dejamos de condicionar algo tan profundo de la identidad a distinciones, credenciales o requisitos?

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Basta de establecer clubes para definir lo que “una fémina de verdad” es o hace. No necesitamos colectivismos ni indicaciones para ser lo que ya somos. Así que volviendo al inicio, creo que puedo responder: Soy mujer, incluso -o sobre todo- si no soy bienvenida o nadie me está esperando.

Por Guadalupe Batallán en Alt Media

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